Una de las primeras ideas que el estudio
de los materiales de este segundo bloque me ha suscitado es, por así decirlo,
algo que, de manera latente, se albergaba en mi experiencia: la dimensión
cuantitativa de un hecho o la evaluación del mismo es importante, pero, con
frecuencia, se relegan, por desconocimiento o desconsideración, otros elementos
de índole cualitativa que, en mi opinión, deben estar presentes en cualquier
juicio o evaluación. En este sentido, me parece que los individuos pueden
adaptarse a distintas situaciones desde distintos puntos de vista para los que
se ponen en marcha mecanismos cuantitativos y cualitativos. Tengo la impresión
de que en la definición y funcionamiento de las inteligencias múltiples se
implican distintos tipos de respuestas, ni mejores ni peores, complementarias
que hacen, en definitiva, a la persona inteligente. Es así que la imagen del
cerebro como un ordenador con distintos niveles de funcionamiento –alto, medio
o bajo- ha dejado paso en mi imaginario personal a esa otra fotografía mucho
más completa y cabal de distintas máquinas funcionando simultáneamente con
distinto margen de acierto.
Así las cosas configurar una definición
de inteligencia que pueda satisfacer a todos es una tarea –no sé si imposible-
cuando menos complicada. En este sentido, cabe animarse a dar una pauta
generalista y parcial que pueda servir de punto de partida para ulteriores
complementos. Entiendo, con las salvedades ya señaladas, que la inteligencia es
el potencial de respuesta del individuo en un determinado contexto ante un reto
concreto; dicha respuesta puede ser diversa en el momento en que el obstáculo,
la prueba o el reto planteado varía, de manera que es un potencial adaptativo y
diverso con posibilidades de perfeccionamiento cuando se hacen intervenir en
las respuestas variables independientes que permiten la manipulación o la
perfección de los resultados.
Desde mi experiencia, puedo afirmar que
no todos los alumnos dan las mismas respuestas a un único estímulo o tarea. Son
diversas las estrategias que ponen en funcionamiento y, con frecuencia, los
profesores no reconocen adecuadas todas las que se aplican, sino tan sólo las
que se ajustan al patrón establecido y cerrado de la instrucción tradicional.
Hay que reconocer que, aunque estén presentes en el alumnado distintas
inteligencias, no se aplican convenientemente los ejercicios que puedan ayudar
a su desarrollo e implementación. No obstante, en la actualidad esta tendencia,
creo, está dando paso a la integración, en cuanto a la evaluación del alumnado,
de distintas capacidades –no solo contenidos- que se hacen presentes a través
de los estándares de aprendizaje que concretan, con distinto grado de logro,
los criterios de evaluación establecidos para una determinada área o nivel.
No sé muy bien cómo dar respuesta a la
últimas de las cuestiones: ¿cómo crear una escuela que dé respuesta a
diversidad de inteligencias? Con todo, habría de partir de un concepto
integrador e inclusivo. Dicho de otro modo: la diversidad y la pluralidad del
alumnado debe ser tenida en consideración a la hora de diseñar los plantes de
actuación. Es importante tener en cuenta los distintos ritmos de aprendizaje y
las distintas estrategias que se pueden aplicar en la resolución o en el
análisis de un mismo hecho. La media de un proceso debe integrar también los
datos no sólo cuantitativos de las respuesta, sino también los cualitativos. Por
último, la escuela debería tener presente también al individuo como ser social,
de manera que las estrategias y capacidades de autoformación e integración en
el grupo sean tenidas en cuenta como un elemento más a valorar.


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